La vida te da sorpresas. Sorpresas te da la vida

Roberto

La vida nunca dejará de sorprenderme. Te cuento lo que me ocurrió para que entiendas lo que quiero decir, pero primero permíteme que me presente. Me llamo Roberto, estoy soltero y vivo solo.

Le envié un mensaje para vernos después del trabajo. Quedamos en un sitio que hay cerca de mi casa. Ya era la segunda vez que nos veíamos y la atracción sexual entre ambos era evidente incluso hasta para la gente que pasaba junto a nosotros. Podríamos decir que el sexo se podía oler. Serían las feromonas, o no, qué importa.

Recuerdo perfectamente como, entre el tiramisú y el té con hierbabuena, me miró directamente a los ojos, se mordió el labio inferior por el lado derecho y arqueando las cejas me preguntó “¿nos vamos?”. “Sí”, contesté yo sin pestañear. Pedimos la cuenta y nos marchamos con premura. Al doblar la esquina comenzamos a besarnos y tocarnos como si no fuera a haber un mañana. Después de varios intentos inútiles de mantener la compostura, en aras de un recato absurdo, conseguimos llegar hasta el coche. Fueron los cien metros más lentos de la historia: nueve minutos y cuarenta y seis segundos. Recostados sobre el coche pensando si proponerle o no ir a mi casa para hacer todo eso que imaginaba hacer con ella desde el primer instante que la vi, me dijo: “vamos a tu casa”. Pensé, qué maravilla de mujer, me lee la mente.

No pasamos del pasillo. La desnudé, confirmé que cada parte de su cuerpo era sencillamente perfecta, me agaché para saborear sus partes más íntimas, nos tiramos al suelo y follamos como animales, enloquecidos por el deseo. Pero a lo que voy, ella estaba haciéndome una felación, mejor dicho, “la felación”, y cuando estaba a puntito de tener “el orgasmo”, le dije, o eso creo, “me corro”... con la intención de darle tiempo para retirarse. Pero, para mi sorpresa, ella siguió sin apartar su boca de mi pene tragándoselo todo... oséa, ¡todo! ¡Qué sensación!... ¡La vida te da sorpresas!

 Ana

Creía que sería un día como otro cualquiera, yendo a trabajar como llevaba haciendo desde hacía años y volviendo después a casa a ver la tele y esas cosas. Perdón, disculpad mi descortesía, antes de continuar me presento: mi nombre es Ana, tengo 33 años, actualmente no tengo pareja y vivo con mi hermana.

Continúo… después de trabajar comencé a ponerme algo nerviosa. Tenía un mensaje de él para vernos luego. En cuanto llegué a casa, empecé a probarme miles de modelitos hasta que di, al fin, con el que más me convencía. Me maquillé, me peiné y me puse el mejor de mis perfumes.

Ya con él, y superado el primer momento de inquietud, nos sentamos a la mesa. Fue una cena amena con conversaciones divertidas en un restaurancito muy mono. Y lo mejor… el momento del postre. Yo llevaba tiempo notando cómo me devoraba con la mirada, pero no fue hasta el final cuando, viendo que no decía nada, le pregunté si nos íbamos.

Fue salir y… ¡no tardó ni dos minutos en besarme! Fue uno de los mejores besos de mi vida. Me apetecía tanto, tantísimo, abrazarle y que no parase nunca… tenía ganas de estar con él en un sitio tranquilo, donde acariciarnos lentamente. Entonces fue cuando le pregunté si podríamos ir a su casa. Él, al instante, accedió.

Subimos las escaleras de la mano, entramos por la puerta y, despacio, comenzó a desnudarme... era tan delicado... Cuando ambos estábamos desnudos me lamió desde el cuello hasta mis genitales. ¡Fue genial!

Luego lo hicimos y, para terminar, quise chuparle yo a él. Al principio dudé pero luego pensé que eso era lo que realmente me apetecía. Cada vez que le miraba y percibía su excitación, me gustaba más. Hubo un momento que creí oírle decir “me corro” pero, al no estar segura, no me quité y..... ¡zas! ¡todo su semen acabó en mi garganta! No me lo esperaba para nada… ¡Qué sensación!...  ¡Sorpresas te da la vida!


Gabriel Losa y Marta Ortega son psicólogos y sexólogos.


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